¿POR QUÉ ESTUDIAR LA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA?
Difícilmente podríamos llamar «culto» a quien careciese en absoluto de
conocimientos históricos. Todos reconocemos que cada cual debería saber algo de la
historia de su propio país, de su desarrollo político, social y económico, de sus riquezas
literarias y artísticas…, y que sería preferible que esa historia la pudiese relacionar
además con la del resto de Europa, y aun, en cierta medida, con la del mundo entero.
Ahora bien, si cabe esperar que un inglés educado y culto posea algún conocimiento
sobre Alfredo el Grande, la reina Isabel I, Cromwell, Marlborough y Nelson, así como
acerca de la invasión normanda, la Reforma y la revolución industrial, parece
igualmente claro que debería saber siquiera alguna cosa sobre Rogerio Bacon y Duns
Escoto, Francis Bacon y Hobbes, Locke, Berkeley, Hume, J. S. Mill y Herbert Spencer.
Más aún, si del hombre culto se espera que no ignore por completo las cosas de Grecia
y Roma, si le avergonzaría tener que confesar que no ha oído hablar nunca de Sófocles
o de Virgilio y que nada sabe de los orígenes de la cultura europea, también puede
exigírsele algún conocimiento sobre Platón y Aristóteles, dos de los más importantes
pensadores que ha habido en el mundo, dos figuras cumbres de la filosofía europea.
Un hombre culto ha de tener al menos cierta idea respecto a Dante, Shakespeare y
Goethe, san Francisco de Asís y fra Angélico, Federico el Grande y Napoleón I; ¿por
qué no hemos de esperar que sepa algo también acerca de san Agustín y santo Tomás
de Aquino, Descartes y Espinosa, Kant y Hegel? Sería absurdo suponer que debemos
informarnos sobre los grandes conquistadores y destructores, y mantenernos, en
cambio, en la ignorancia con respecto a los grandes creadores, aquellos que han
contribuido más positivamente a la formación de nuestra cultura europea. Mas no
sólo los grandes pintores y escultores nos dejaron el tesoro de un legado perdurable,
sino que también los grandes pensadores, como Platón y Aristóteles, san Agustín y
santo Tomás de Aquino enriquecieron Europa y su cultura. Entra, por ende, dentro de
una formación completa del hombre el tener al menos algunas nociones acerca de la
filosofía europea, ya que también nuestros filósofos, tanto o más que nuestros artistas
y nuestros generales, han contribuido, para bien o para mal, a la configuración de
nuestra época.
Nadie habrá que considere la lectura de las obras de Shakespeare o la contemplación
de las creaciones de Miguel Ángel como pérdidas de tiempo, pues sus valores
intrínsecos no han disminuido porque hayan pasado ya siglos desde la muerte de sus
autores. Así, tampoco debería considerarse tiempo perdido el dedicado a estudiar el
pensamiento de Platón, de Aristóteles o de san Agustín, puesto que sus creaciones
intelectuales perduran como extraordinarios logros del espíritu humano. El que
después de Rubens hayan vivido y pintado otros muchos artistas no aminora el valor
de la obra de Rubens; el que desde los tiempos de Platón hayan filosofado otros
pensadores, no quita interés ni belleza a la filosofía platónica.
Pero, si es de desear que toda persona culta sepa algo de la historia del pensamiento
filosófico, en el grado en que se lo permitan sus ocupaciones, sus aptitudes mentales y
su necesaria especialización, ¡cuánto más deseable no será esto para todos los que
estudian precisamente filosofía! Me refiero, en concreto, a los estudiantes de filosofía
escolástica, que la estudian como la philosophia perennis. No deseo discutir el hecho
de que hay una filosofía perenne; pero, ciertamente, tal filosofía no llovió del cielo,
sino que nació del pasado; y, si queremos apreciar con exactitud la obra de santo
Tomás, de san Buenaventura o de Duns Escoto, hemos de tener cierto conocimiento
de Platón, Aristóteles y san Agustín. Además, si hay una filosofía perenne, algunos de
sus principios no pueden menos de haber influido hasta en los filósofos de la época
moderna que, a primera vista, más alejados parezcan de las posiciones defendidas por
santo Tomás de Aquino. Y aunque así no fuese, resultaría instructivo ver qué
consecuencias se siguen de unas premisas falsas y de unos principios erróneos. Como
tampoco se negará que es detestable la costumbre de condenar a pensadores cuya
mentalidad y puntos de vista no se han comprendido o examinado en su genuino
contexto histórico. Convendría asimismo tener en cuenta, por otro lado, que las
posibilidades de aplicar a todos los campos de la filosofía los principios verdaderos no
se agotaron, por cierto, en la Edad Media y que bien puede ser que debamos algunas
enseñanzas a los pensadores modernos, por ejemplo, en lo referente a la teoría de la
Estética o a la Filosofía Natural.
Se objetará, tal vez, que los diversos sistemas filosóficos del pasado son meras
reliquias de la Antigüedad; que la historia de la filosofía es sólo un registro de
«sistemas refutados y espiritualmente muertos, ya que cada uno de ellos ha dado
muerte y sepultura al anterior»1. ¿No dijo Kant que la Metafísica «deja siempre en
suspenso al entendimiento humano, con esperanzas que ni se disipan ni se cumplen
nunca», que «mientras cualquier otra ciencia progresa sin cesar», en la Metafísica los
hombres «giran perpetuamente alrededor del mismo punto, sin avanzar ni un solo
paso»?2 El platonismo, el aristotelismo, la escolástica, el cartesianismo, el kantismo, el
hegelianismo… han tenido todos ellos sus períodos de gran predicamento y todos
también han sido puestos en duda: el pensamiento europeo puede «representarse
como un desordenado conjunto de sistemas metafísicos desechados e incompatibles»3.
¿Para qué estudiar los trastos viejos del desván de la historia?
Pero, aun en la hipótesis de que todas las filosofías del pasado hayan sido no sólo
discutidas (lo cual es obvio), sino también refutadas (que no es en modo alguno lo
mismo), sigue valiendo lo de que «los errores son siempre instructivos»4, en tanto se
admita, claro está, que la filosofía es posible como ciencia y no, de suyo, un fuego
fatuo. Para poner un ejemplo de la filosofía medieval: las conclusiones a que llevan,
por una parte, el realismo exagerado y, por otra, el nominalismo indican que la
solución al problema de los universales ha de ser intermedia entre esos dos extremos.
La historia del problema sirve así como de prueba experimental de la tesis aprendida
en las clases. Parecidamente, el hecho de que el idealismo absoluto haya sido incapaz
de explicar de un modo satisfactorio las individualidades finitas ha de ser bastante
para apartar a cualquiera de meterse por la senda monista. La insistencia de la
filosofía moderna en la teoría del conocimiento y en la relación sujeto-objeto, pese a
todas las extravagancias a que ha conducido, ha de poner meridianamente en claro
que tan imposible es ya reducir el sujeto al objeto como el objeto al sujeto. Y el
examen del marxismo, no obstante lo fundamental de sus errores, nos enseñará a no
despreciar la influencia que ejercen la técnica y la vida económica del hombre en las
más altas esferas de la cultura humana. En especial, para quien no se proponga
aprender un sistema filosófico determinado sino que aspire a filosofar, por así decirlo,
ab ovo, el estudio de la historia de la filosofía es indispensable, pues sin él correrá el
riesgo de meterse por callejones sin salida y de repetir los errores de quienes le
precedieron, peligros que un serio estudio del pensamiento pretérito le evitará
seguramente.
Verdad es que un estudio de la historia de la filosofía acaso engendre cierta
inclinación mental al escepticismo, pero debe recordarse que el hecho de que los
sistemas se sucedan unos a otros no prueba que toda filosofía sea falsa. Si X
abandona y combate la posición de Y, esto no demuestra, de suyo, que la posición de Y
sea insostenible, puesto que X puede haberla abandonado sin motivo suficiente o
ateniéndose a unas premisas falsas cuyo desarrollo implicaba el alejamiento de la
filosofía de Y. El que haya habido en el mundo muchas religiones —budismo,
hinduismo, zoroastrismo, cristianismo, mahometismo, etc. — no prueba que el
cristianismo no sea la verdadera; para probarlo haría falta refutar por completo toda
la Apologética cristiana. Pues, lo mismo que es absurdo hablar como si la existencia
de varias religiones desautorizase ipso facto la pretensión de toda religión a ser ella la
verdadera, así también es absurdo hablar como si el sucederse de las distintas
filosofías demostrase ipso facto que ni hay ni puede haber una filosofía verdadera.
(Naturalmente, al hacer esta observación no quiero decir que en ninguna otra religión
salvo en la cristiana haya valores verdaderos. Es más, entre la religión verdadera
[revelada] y la verdadera filosofía hay esta gran diferencia: que mientras la primera,
como revelada, es necesariamente verdadera en su totalidad, en todo lo que es
revelado, la filosofía verdadera puede serlo en sus líneas y principios más
importantes, pero sin llegar a ser completa en ningún momento. La filosofía, obra de
la mente humana y no revelación de Dios, crece y se desarrolla: sus puntos de vista
pueden cambiar y renovarse o aumentar en número, gracias a nuevos enfoques o al
planteamiento de problemas nuevos, a medida que se descubren más datos, varían las
situaciones, etc. El término «filosofía verdadera» o filosofía perenne no ha de
entenderse como si denotara un conjunto estático y completo de principios y
aplicaciones, no susceptible de desarrollo ni modificación.)










