ALGUNOS DE LOS SOFISTAS

ALGUNOS DE LOS SOFISTAS
PROTÁGORAS
Protágoras nació —según la mayoría de los autores— hacia el año 481 a. J. C., en
Abdera de Tracia9, y parece que fue a Atenas a mediados del siglo. Gozó del favor de
Pericles, y se cuenta que este hombre de Estado le encargó que redactase una
constitución para la colonia de Turios, que había sido fundada en la Magna Grecia en
444 a. J. C. Se hallaba nuevamente en Atenas a comienzos de la Guerra del
Peloponesio, el año 431, así como durante la peste de 430, de la que murieron dos de
los hijos de Pericles. Diógenes Laercio refiere que Protágoras fue acusado de impiedad
por causa de su libro sobre los dioses, pero que huyó de la Ciudad antes del juicio y
naufragó en la ruta de Sicilia, mientras su libro era quemado en la plaza pública.
Estas cosas habrían tenido lugar por los tiempos de la revuelta oligárquica de los
Cuatrocientos, en 411 a. J. C. Burnet se inclina a poner en duda semejante historia, y
cree que, de haberse dado la acusación, tuvo que ser antes de 411. Taylor concuerda
con Burnet en lo de no admitir la historia de tal persecución, pero lo hace porque, lo
mismo que Burnet, acepta como fecha del nacimiento de Protágoras una anterior: la
de 500 a. J. C. Ambos autores se apoyan en que Platón presenta a Protágoras, en el
diálogo de este nombre, como de edad ya avanzada, que frisaría por lo menos en los 65
años, hacia 435. Platón «debía de saber si Protágoras pertenecía o no a la generación
anterior a la de Sócrates, y ningún motivo podía tener para presentar las cosas
distintas de como fuesen en este aspecto»10. En tal caso, deberíamos aceptar también
la afirmación, que aparece en el Menón, de que Protágoras murió muy estimado por
todos.
La tesis más conocida de Protágoras es la que se lee en un fragmento de su obra
᾽Αλήθειαἤ Καταβάλλοντες(λόγοι): «El hombre es la medida de todas las cosas, de las
que son en cuanto que son y de las que no son en cuanto que no son»11. Ha habido
muchas controversias en torno a la interpretación de esta célebre frase. Hay quienes
opinan que en ella Protágoras no quiere significar por «hombre» el hombre individual,
sino la especie humana. En tal caso, el sentido de la frase no sería que «lo que a ti te
parece verdad es verdad para ti, y lo que a mí me parece verdad lo es para mí», sino,
más bien, que la comunidad, o el grupo, o la especie humana entera es el criterio y la
horma de la verdad. Las discusiones han girado también en torno a la cuestión de si
por «las cosas» (Χρήματα) han de entenderse tan sólo los objetos de la percepción
sensible, o se han de incluir los valores.
He aquí una cuestión difícil, que no podemos estudiar a fondo en estas páginas; pero
el autor de ellas no está dispuesto a pasar por alto el testimonio de Platón en el
Teeteto, donde el dicho de Protágoras (aunque parafraseado, como el mismo Platón lo
reconoce) es interpretado ciertamente en el sentido individualista, como refiriéndose a
la percepción sensible12. Observa Sócrates que por efecto de un mismo viento puede
uno de nosotros sentir frío y otro no, o puede uno sentirse simplemente fresco y otro,
en cambio, friísimo; y pregunta entonces si hemos de decir, con Protágoras, que el
viento es frío para quien lo siente así y no es frío para quien no lo siente. Como se ve,
en este pasaje se interpreta el pensamiento de Protágoras refiriéndolo al hombre
individual y no al hombre en sentido específico. Adviértase, además, que no se
describe al sofista como si dijera que el viento sólo le parece a uno frío y a otro no. Así,
si yo, de vuelta del paseo en un día frío y lluvioso, dijese que la lluvia es tibia, y tú,
saliendo de una habitación caliente, afirmases que la lluvia es friísima, Protágoras
sostendría que ninguno de los dos nos equivocábamos, ya que el agua —diría él— es
tibia para el órgano sensorial del uno y es fría para el del otro. (Cuando al sofista se le
objetaba que las proposiciones geométricas son las mismas para todos, respondía que
en la realidad concreta, tal cual es, no hay líneas ni círculos geométricos, de modo que
la dificultad nunca se presenta de hecho.)13
En contra de esta interpretación se aduce el Protágoras de Platón, en el que nuestro
sofista no aplica su frase en un sentido individualista a los valores éticos. Pero, aun
admitiendo que a Protágoras se le ha de hacer coherente consigo mismo, no hay por
qué suponer, con todo, que lo que es verdadero de los objetos de la percepción sensible
sea ipso facto verdadero de los valores éticos. Se puede observar que Protágoras
declara que el hombre es la medida de todas las cosas (πάντων ρημάτων), de tal
manera que, si se acepta la interpretación individualista con respecto a los objetos de
la percepción sensible, la misma interpretación se debe extender a los valores y a los
juicios éticos, y, recíprocamente, si no se la acepta respecto a estos últimos, tampoco
se la debe aceptar con respecto a los objetos de la percepción sensible; en otras
palabras: tenemos que escoger forzosamente entre el Teeteto y el Protágoras,
basarnos en uno de los dos y rechazar el otro. Pero, en primer lugar, no es seguro que
en la expresión πάντων χρημάτων se quisiesen incluir los valores éticos, y, en
segundo lugar, acaso los objetos de los sentidos particulares sean de tal carácter que
no puedan hacerse objetos de un saber universal y verdadero, mientras que los
valores éticos sean, en cambio, de tal especie que sirvan para objetos de un saber
verdadero y universal. Ésta era la opinión del propio Platón, quien relacionaba la
frase protagórica con la doctrina heraclitiana del perpetuo fluir y sostenía que un
saber cierto y verdadero sólo se puede tener de lo suprasensible. Aquí no intentamos
establecer que Protágoras sostuvo la tesis platónica en lo tocante a los valores éticos,
cosa que ciertamente no hizo, sino que sólo pretendemos indicar que la percepción
sensible y la intuición de los valores ni están necesariamente en relación, ni dejan de
estarlo, con el conocimiento cierto y la verdad universal.
¿Cuál fue, pues, de hecho, la doctrina de Protágoras en lo concerniente a los valores y
a los juicios éticos? En el Teeteto se le describe como si dijera a la vez que los juicios
éticos son relativos («pues yo mantengo que todas las prácticas que parecen justas y
laudables para un determinado Estado lo son en efecto para este Estado durante todo
el tiempo que por ellas se sostiene») y que el hombre sabio debería esforzarse por
sustituir las prácticas sensatas por las insensatas14. Con otras palabras, no se trata
de si una opinión ética es verdadera y otra falsa, sino de si una opinión es «más
sensata», es decir, más útil o ventajosa que otra. «De esta suerte, es verdad a la vez
que algunos hombres son más avisados que otros y que nadie piensa erróneamente.»
(Quien piensa que la verdad absoluta no existe, poco derecho tiene, por cierto, a
declarar sin ambages que «nadie piensa erróneamente».) En cambio, en el Protágoras
describe Platón a este sofista como si sostuviera que al αἰδώςy δίϰηles hubiesen sido
otorgados por los dioses a todos los hombres, «porque las ciudades no podrían existir
si, como sucede en el caso de otras artes, sólo algunos hombres las poseyesen». ¿Es
esto distinto de lo que se dice en el Teeteto? Al parecer, lo que Protágoras quería dar a
entender es lo siguiente: que la Ley se basa, por lo general, en ciertas tendencias
éticas implantadas en todos los hombres, pero que las variedades individuales de la
Ley, tal como se las encuentra en los diversos Estados, son relativas, y la ley de un
Estado concreto no es «más verdadera» que la de otro Estado, aunque quizá sea «más
sensata», más adecuada, en el sentido de más útil o más ventajosa. El Estado o la
comunidad ciudadana, y no el individuo, sería en este caso el determinante de la ley;
pero el carácter relativo de los juicios éticos concretos y de las determinaciones
particulares del nomos seguiría dándose. Como mantenedor de la tradición y de las
convenciones sociales, insiste Protágoras en la importancia de la educación, del ir
embebiéndose en las tradiciones éticas del Estado, aunque admite al mismo tiempo
que el hombre sabio conduzca al Estado hacia «mejores» leyes. En cuanto se refiere al
ciudadano particular, éste debe atenerse a la tradición, al código aceptado por la
comunidad; y ello tanto más cuanto que ningún «modo de vida» es más verdadero que
los otros. Aἰδώςy δίϰηle inclinan a comportarse así, y si no participa de estos dones
de los dioses y rehúsa prestar oído al Estado, éste deberá desembarazarse de ese tal.
Por lo tanto, mientras a primera vista la doctrina «relativista» de Protágoras puede
parecer de intenciones revolucionarias, acaba por ser un instrumento de apoyo de la
tradición y la autoridad. Ningún código es «más verdadero» que otro; por consiguiente,
no alces tu opinión particular contra la ley del Estado.
Más aún, con su concepción de la αἰδώςy δίϰη, Protágoras sugiere por lo menos la
existencia de una Ley natural no escrita, y, en este aspecto, contribuye a ampliar el
punto de vista griego.
En su obra Περί Θεῶν, Protágoras dijo: «Acerca de los dioses yo no puedo saber si
existen o no, ni tampoco cuál sea su forma; porque hay muchos impedimentos para
saberlo con seguridad: lo oscuro del asunto y lo breve de la vida humana.»15 Éste es el
único fragmento que de aquella obra poseemos. La frase diríase que viniera a añadir
colorido a la descripción de Protágoras como pensador escéptico y destructor, que
orientó la fuerza de su crítica contra toda tradición establecida en materias de moral
y de religión; pero tal modo de entenderla no se compadece con la impresión que
recibimos del diálogo Protágoras de Platón, y debe de ser inexacto. Igual que de la
relatividad de los códigos legales concretos se ha de sacar la conclusión de que el
individuo debe someterse a la educación tradicional, así también la conclusión moral
que ha de sacarse de nuestra incertidumbre con respecto a los dioses y a su
naturaleza es la de que debemos mantenernos fieles a la religión de la ciudad. Si no
podemos estar seguros en lo que concierne a la verdad absoluta, ¿por qué echar por la
borda la religión que heredarnos de nuestros padres? Aparte de que la actitud de
Protágoras no es tan insólita o destructiva como los adeptos de una religión dogmática
puedan naturalmente suponerlo, pues, según indica Burnet, la religión griega no
consistía «en afirmaciones ni en negaciones teológicas», sino en un culto16. Cierto que
los sofistas debieron de debilitar la confianza en la tradición, pero parece que
Protágoras, personalmente, era de carácter conservador y no tenía intención alguna
de formar revolucionarios; antes, al contrario, hacía profesión de formar para ser
buenos ciudadanos. Tendencias éticas las tienen todos los hombres, pero estas
tendencias sólo pueden desarrollarse en el seno de una comunidad organizada: por
consiguiente, para que el hombre sea buen ciudadano deberá embeberse de toda la
tradición social de la comunidad a la que pertenezca como miembro. La tradición
social no es la verdad absoluta, pero sí es la norma para el buen ciudadano.
Síguese de la teoría relativista que sobre cualquier cosa se puede opinar de varios
modos distintos, y parece que Protágoras expuso esta cuestión en sus Ἀντιλογίαι. El
dialéctico y el retórico se ejercitarán en el arte de desarrollar opiniones y argumentos
diferentes, y más brillarán cuanto más consigan τόν ἥττω λόγος ϰρείττω ποιεῖν
(«transformar la peor razón en la mejor»). Los enemigos de los sofistas interpretaron
esto en el sentido de que habría que hacer prevalecer la causa moralmente peor17,
pero no es necesario dar a la frase tal sentido moralmente destructivo. Por ejemplo, si
un abogado logra defender con éxito la causa justa de un cliente que era demasiado
débil para valerse por sí mismo o cuyos derechos eran difíciles de proteger, cabe decir
que ha hecho que prevalezca «la razón más débil», sin incurrir en ninguna
inmoralidad. Entre las manos de retóricos sin escrúpulos y de aficionados a la
erística, la máxima en cuestión adquirió pronto un matiz peyorativo, pero ello no da
pie para achacarle a Protágoras el deseo de promover actitudes desaprensivas. Sin
embargo, es innegable que, cuando la doctrina relativista se une a la práctica de la
dialéctica y la erística, engendra naturalísimamente el deseo de triunfar, de alcanzar
éxitos, sin gran consideración para con la verdad o la justicia.
Protágoras fue un precursor en el estudio de la ciencia gramatical. Dícese que clasificó
las diferentes clases de proposiciones18 y que inventó los términos con que se designan
los distintos géneros del nombre19. En un divertido pasaje de Las nubes finge
Aristófanes al sofista ocupado en formar el femenino de ἀλεϰτρύαινα a partir del
masculino ἀλεϰτρυών(gallo).