EL AVANCE DE ANANÁGORAS
Anaxágoras nació en Clazomene, ciudad de Asia Menor, hacia el año 500 a. J. C., y,
aunque griego, fue indudablemente súbdito persa, pues Clazomene había sido
sometida tras la represión de la revuelta jonia; hasta es posible que pasase a Atenas
formando parte del ejército persa. De haber sido así, se explicaría muy bien por qué
fue a Atenas el año de la batalla de Salamina, 480-479 a. J. C. Fue el primer filósofo
que se estableció en aquella ciudad, que posteriormente alcanzaría tan gran
florecimiento como centro de los estudios filosóficos.1
Sabemos por Platón2 que Pericles fue, de joven, discípulo de Anaxágoras: esto le trajo
más tarde al filósofo algunos contratiempos, pues cuando llevaba ya residiendo cerca
de treinta años en la Ciudad, fue llevado a los tribunales por los adversarios políticos
de Pericles, allá por el año 450 a. J. C. Diógenes Laercio nos informa de que se le
acusó de impiedad (cita a Soción) y de «medizar» [ser partidario de los medos] (dice
citando a Sátiro). En cuanto a la primera acusación, Platón refiere que se basaba en el
hecho de que Anaxágoras solía enseñar que el sol es una piedra calentada hasta el
rojo blanco y que la luna está hecha de tierra.3 Semejantes cargos fueron sin duda un
amaño tramado principalmente para dañar a Pericles en la persona de Anaxágoras.
(Otro maestro de Pericles, Damón, padeció de ostracismo.) Anaxágoras fue condenado,
pero lo sacaron de la prisión, probablemente por obra del mismo Pericles, y pudo
retirarse a Jonia, donde se estableció en Lámpsaco, colonia de Mileto. Es verosímil
que allí fundase una escuela. Sus conciudadanos erigieron un monumento a su
memoria en la plaza del mercado (un altar dedicado a la Mente y a la Verdad), y
durante mucho tiempo el aniversario de su muerte fue día de vacación para los niños
de las escuelas, tal como él lo había pedido, según se dice.
Anaxágoras, expuso su filosofía en un libro del que sólo nos han llegado algunos
fragmentos que, al parecer, pertenecen todos únicamente a la primera parte de la
obra. La conservación de estos fragmentos se debe a Simplicio (siglo 6 d. J. C.).
* * *
Anaxágoras aceptó, como Empédocles, la teoría de Parménides de que el Ser ni
comienza ni se extingue, sino que es inmutable. «Los helenos no entienden bien el
nacimiento y la muerte, pues nada nace ni muere, sino que se da una mezcla y una
separación de las cosas que existen» (es decir, que persisten)4. Ambos pensadores
están, pues, de acuerdo en lo que respecta a la indestructibilidad de la materia, y
ambos concilian este punto de vista con el hecho evidente del cambio mediante la
postulación de unas partículas materiales indestructibles, cuya mezcla forma los
objetos y cuya separación explica la destrucción de los mismos. Pero Anaxágoras no
seguirá de acuerdo con Empédocles en lo de que las unidades últimas sean partículas
correspondientes a los cuatro elementos —tierra, aire, fuego y agua—. Él enseña que
cuanto tiene partes cualitativamente similares al todo es último y no derivado de
ninguna otra cosa. Aristóteles llama a estos todos que tienen partes cualitativamente
semejantes τά όμοιομερῆ, homeomerías; τό όμοιομερέςse opone a τό ἀνομοιομερές.
Esta distinción se entiende fácilmente con un ejemplo: si suponemos que una pieza de
oro se corta por la mitad, las dos partes resultantes son también de oro. Estas partes
son así, cualitativamente, iguales que el todo, y al todo lo podemos calificar de
όμοιομερές. En cambio, si se divide en dos a un perro, organismo vivo, las partes
resultantes no serán dos perros: el todo es, pues, en este caso ἀνομοιομερές. Queda de
este modo clara la noción general, sin que sea necesario oscurecerla introduciendo
consideraciones tomadas de la experiencia científica moderna. Algunas cosas tienen
partes cualitativamente semejantes, y esas cosas son últimas y no derivadas (es decir,
en lo que respecta a la especie, pues ningún conjunto dado de partículas es último e
inderivado). «¿Cómo podría proceder el pelo de do que no es pelo, o la carne de lo que
no es carne?», pregunta Anaxágoras5. Pero de ello no se sigue que cuanto parece ser
όμοιομερέςlo sea realmente. Así; según Aristóteles, Anaxágoras no consideraba los
elementos de Empédocles —tierra, aire, fuego y agua—como realmente últimos; por el
contrario, para él, eran mezclas compuestas de muchas partículas cualitativamente
diferentes6.
Al principio, las partículas de todas clases —según Anaxágoras no hay partículas
indivisibles— estaban mezcladas todas juntas. «Todas las cosas estaban revueltas y
juntas, infinitas tanto en número como en pequeñez; pues lo diminuto era también
infinito. Y, estando todas las cosas confusas, ninguna de ellas podía distinguirse a
causa de su pequeñez.»7 «Todo está en todo.» Los objetos de la experiencia surgen
cuando las partículas últimas se han reunido de tal suerte que en el objeto resultante
predominan las de una especie determinada. Así, en la mezcla original, las partículas
de oro estaban esparcidas y entremezcladas con las partículas de todas las demás
clases; pero, cuando las partículas de oro han acabado de reunirse —junto con otras
partículas— de manera que el objeto visible resultante consta predominantemente de
partículas áureas, tenemos el oro que nos es conocido por la experiencia. ¿Por qué
decimos lo de «junto con otras partículas»? Porque en los objetos concretos de la
experiencia hay, según Anaxágoras, partículas de todas las cosas; lo que ocurre es que
se hallan combinadas de tal modo que predominan las de una clase, y a este
predominio se debe el nombre que damos al objeto. Anaxágoras sostenía que «en todo
hay una porción de cada cosa»8, evidentemente porque no veía cómo podría explicar
sin eso la realidad del cambio. Por ejemplo, si la hierba se convierte en carne, preciso
es que haya en la hierba partículas de carne (pues ¿cómo podría proceder «la carne»
de lo que no fuese «carne»?), mientras que, por otra parte, en la hierba han de
predominar las partículas de hierba. La hierba consta, por lo tanto, principalmente de
hierba, pero contiene también partículas de otras clases, pues «en todo hay una
porción de todo» y «las cosas que hay en un mundo no están divididas ni separadas
como a golpe de hacha de las que hay en otro, ni el calor del frío ni el frío del calor»9.
De este modo trataba Anaxágoras de mantener en pie la doctrina parmenídea acerca
de Ser, a la vez que adoptaba una actitud realista en lo tocante al cambio, no
rechazándolo como ilusión de los sentidos, sino aceptándolo como un hecho y
procurando, en consecuencia, compaginarlo con la teoría eleática del Ser.
Posteriormente, Aristóteles intentaría resolver las dificultades que entraña la
doctrina de Parménides, en lo que respecta al cambio, mediante su distinción entre la
potencia y el acto.
Burnet no cree que Anaxágoras pensase, como se lo atribuyeron los epicúreos, «que
tenía que haber diminutas partículas en el pan y en el agua, partículas que serían
similares a las de la sangre, la carne y los huesos»10. En su opinión, lo que según
Anaxágoras contenía cada cosa eran los contrarios: el calor y el frío, la sequedad y la
humedad… Este punto de vista de Burnet es ciertamente muy razonable. Ya hemos
citado el fragmento en el que declara Anaxágoras que «las cosas que hay en un mundo
no están separadas como a golpe de hacha de las que hay en otros, ni el calor lo está
del frío, ni el frío del calor». Por lo demás, puesto que según Anaxágoras, no hay
partículas indivisibles, ninguna partícula puede ser última en el sentido de que sea
imposible que se la halle dividida ulteriormente. Pero no parece que se tenga que
seguir por fuerza de la tesis sobre la indivisibilidad de las partículas el que, en la
opinión del filósofo, no hubiese algunas especies últimas que no se pudieran
descomponer cualitativamente. ¿Acaso no pregunta Anaxágoras de un modo bien
explícito cómo podría proceder el cabello de lo que no es cabello? Añádase lo que
leemos en el fragmento 4 a propósito de la mezcla de todas las cosas: «de lo húmedo y
lo seco, lo caliente y lo frío, lo luminoso y lo oscuro, y de la mucha tierra que en ella
había, y multitud innumerable de simientes sin parecido alguno entre sí. Pues
ninguna de las otras cosas es semejante a las demás. Y siendo estas cosas así,
debemos afirmar que todas se hallan en todo». Este fragmento difícilmente permite
suponer que los «contrarios» tengan alguna especial posición de privilegio. Aun
admitiendo, por consiguiente, que hay muchas cosas que abonan la opinión de Burnet,
preferimos no obstante la interpretación que ya hemos dado.11
Hasta aquí, la filosofía de Anaxágoras no es más que una variante de la
interpretación y adaptación de la de Parménides por Empédocles, y apenas muestra
rasgos particularmente dignos de nota. Pero cuando pasamos a la cuestión del poder o
fuerza responsable de la formación de las cosas a partir de la masa primigenia, nos
encontramos con la contribución personal de Anaxágoras a la filosofía. Empédocles
había atribuido el movimiento del universo a las dos fuerzas físicas del Amor y de la
Discordia; Anaxágoras introduce, en cambio, el principio del Nous o la Mente. «Con
Anaxágoras empieza a brillar una luz, por débil que sea, puesto que ahora se reconoce
a la inteligencia como el Principio.»12 «El Nous —dice Anaxágoras— tiene poder sobre
todas las cosas vivas, tanto sobre las más grandes como sobre las más pequeñas. El
Nous tiene poder sobre la revolución entera, y él es el que ha dado impulso a esta
revolución… Y el Nous ordenó todas las cosas que debían ser, y todas las cosas que son
ahora y que serán, y esta revolución en la que giran actualmente los astros, el sol, la
luna, y el aire y las tierras, que ahora están separados. Y esta misma revolución
produjo la separación, y lo denso se separó de lo ligero, lo cálido de lo frío, lo luminoso
de lo oscuro, y lo seco de lo húmedo, y hay innumerables porciones en innumerables
cosas. Pero ninguna, salvo el Nous, está verdaderamente separada de otra. Y el Nous
todo entero es a la vez la más grande y la más pequeña de las cosas; pero ninguna
otra es parecida a ninguna de las demás, y cada cosa única es y era
manifiestísimamente aquellas cosas de las que más hay en ella.»13
El Nous «es infinito y autónomo, y con nada está mezclado, sino que es sólo él mismo
por sí mismo»14 ¿Cómo concebía, pues, Anaxágoras el Nous? Llámalo «la más fina y
pura de todas las cosas, poseedor de todo el saber sobre cualquier asunto y del mayor
poder…» Dice también que el Nous está «doquiera se halle cualquier otra cosa, en la
rodeante masa»15. El filósofo habla así del Nous o la Mente como de algo material,
como de «la más tenue de todas las cosas», y afirma que ocupa lugar en el espacio.
Basándose en esto, sostiene Burnet que Anaxágoras nunca se elevó sobre la
concepción de un principio corpóreo. Hizo, sí, al Nous más puro que las restantes
cosas materiales, pero nunca se le ocurrió la idea de un ser inmaterial o incorpóreo.
Zeller no acepta esto, y Stace señala cómo «toda filosofía tropieza con la dificultad de
expresar los conceptos no sensibles en un lenguaje que se ha desarrollado para
expresar ideas sensibles»16. No porque hablemos de «claros» ingenios o de que el
espíritu de alguien es más «grande» que el de otro, se nos va a tachar de
materialistas. El que Anaxágoras concibiera el Nous como ocupando un espacio no es
prueba suficiente de que tuviese al Nous por algo corpóreo si es que alguna vez
llegó a distinguir con claridad entre el espíritu y la materia. La inespacialidad del
espíritu es una concepción más tardía. Probablemente, la interpretación más
satisfactoria es la de decir que Anaxágoras, en su concepción de lo espiritual, no
consiguió comprender del todo la radical diferencia que hay entre lo corpóreo y el
espíritu. Pero esto no equivale a afirmar que fue un materialista dogmático. Por el
contrario, él fue el primero que introdujo un principio espiritual e intelectual, aunque
todavía no pudiese entender por completo la esencial diferencia entre tal principio y
la materia a la que da forma o pone en movimiento.
El Nous está presente en todos los seres vivos, en los hombres, en los animales y en
las plantas, y es el mismo en todos. Las diferencias entre estos objetos débense, por
tanto, no a diferencias esenciales entre sus almas, sino a diferencias entre sus
cuerpos, que facilitan o estorban la plena actividad del Nous. (Sin embargo,
Anaxágoras no explica la conciencia que tiene el hombre de su independencia
personal.)
No hay que imaginarse el Nous como una materia creadora. La materia es eterna, y la
función del Nous parece consistir en poner en marcha el movimiento rotatorio o
torbellino a partir de algún punto de la masa entremezclada; la acción del torbellino
mismo, a medida que se va extendiendo, produce el movimiento subsiguiente. Por eso
Aristóteles, que dice en la Metafísica que Anaxágoras «se distinguió como hombre
juicioso entré los intemperantes charlatanes que le precedieron»17, dice también que
«Anaxágoras se vale de la Mente como de un deus ex machina para dar cuenta de la
formación del mundo, y siempre que no sabe cómo explicar por qué algo sucede
necesariamente, la introduce a la fuerza. Pero en los demás casos, atribuye la causa a
lo que sea, antes que a la Mente»18. Fácil resulta entender, por ende, el desengaño de
Sócrates, que, pensando haber dado con un enfoque totalmente nuevo cuando
descubrió a Anaxágoras, se quejaba de que: «Mis extraordinarias esperanzas se
vinieron todas por tierra en cuanto, al ir adentrándome, me di cuenta de que nuestro
hombre no empleaba para nada el Nous. No le atribuía ningún poder causal en la
ordenación de las cosas, sino que reservaba este poder a los vientos, al éter, a las
aguas y a otras muchas y singulares cosas.»19 No obstante, aunque fracasara respecto
al hacer pleno uso de su descubrimiento, ha de reconocérsele a Anaxágoras el haber
introducido en la filosofía griega un principio de grandísima importancia y que habría
de dar espléndidos frutos en el futuro.










