El Período Socrático

El Período Socrático
LOS SOFISTAS
Los primeros filósofos griegos se habían ocupado principalmente del objeto y habían
tratado de determinar el principio último de todas las cosas. Su éxito, empero, no
igualó a su sinceridad filosófica, y las sucesivas hipótesis que propusieron acabaron
por producir cierto escepticismo respecto a la posibilidad de lograr un conocimiento
seguro de la naturaleza última del mundo. Añádase que el resultado natural de
algunas doctrinas, como las de Heráclito y Parménides, no podía ser sino una actitud
escéptica respecto a la validez de la percepción sensible. Si el ser es estático y la
percepción del movimiento ilusoria, o si, por otra parte, todo está cambiando sin cesar
y no hay ningún principio real de estabilidad, nuestra percepción sensible no merece
crédito alguno y, con ello, se socavan las bases mismas del saber cosmológico. Los
sistemas de filosofía propuestos hasta entonces se excluían los unos a los otros;
ciertamente, en las opuestas teorías había su parte de verdad, pero aún no había
surgido ningún filósofo de talla bastante para conciliar las antítesis en una síntesis
superior, de la que quedaran excluidos los errores y en la que se hiciese justicia a la
verdad contenida en las doctrinas rivales. El resultado hubo de ser una cierta
desconfianza para con las cosmologías. Y, de hecho, si se quería progresar de veras,
estaba haciendo falta volver los ojos hacia el sujeto como lema de meditación. Fueron
las reflexiones de Platón sobre el pensar las que posibilitaron una teoría más
acertada, que habría de tomar debidamente en cuenta los dos hechos de la estabilidad
y la mutabilidad; pero el volverse de la consideración del objeto a la del sujeto, cambio
de enfoque que hizo que el progreso fuese posible, tuvo lugar por primera vez con los
sofistas, y fue en gran parte una consecuencia del fracaso de la antigua filosofía
griega. Ante la dialéctica de Zenón, pareció probablemente muy dudoso que fuese
posible cualquier avance en el estudio de la cosmología.
Además del escepticismo subsiguiente a la primera filosofía griega, otro factor
contribuyó a dirigir la atención hacia el sujeto: la creciente reflexión sobre el
fenómeno de la civilización y la cultura, reflexión facilitada sobre todo por las amplias
relaciones que tenían los griegos con otros pueblos. No sólo les eran conocidas las
civilizaciones de Persia, Babilonia y Egipto, sino que habían entrado también en
contacto con pueblos que se hallaban en fases mucho más primitivas, como los escitas
y los tracios. Esto era muy natural que gentes de tanta inteligencia como los griegos
comenzaran a hacerse preguntas; por ejemplo: «Las distintas maneras de vivir,
nacionales y locales, los códigos religiosos y éticos, ¿son o no puras convenciones?» «La
cultura helénica, en cuanto diferente de las culturas no helénicas o “bárbaras”, ¿era
cuestión de νόμος, mero producto humano y, por ende, mutable, algo existente por
imposición de la ley (νόμϕ), o dependía de la Naturaleza, era algo connatural a los
griegos (ϕύσει)?» «¿Debíase tal cultura a una ordenación sagrada, respaldada por la
sanción divina, o podía, por el contrario, cambiarse, modificarse, adaptarse, y
desarrollarse?» A propósito de esto hace ver Zeller cómo Protágoras, el más dotado de
los sofistas, procedía de Abdera, «avanzadilla de la cultura jónica en las tierras de la
barbarie tracia»1.
Así pues, la sofística2 se diferenció de la anterior filosofía griega por el objeto del que
se ocupaba, a saber, el hombre, su civilización y sus costumbres: trataba del
microcosmos más bien que del macrocosmos. El hombre empezaba a adquirir
conciencia de sí. Como dijo Sófocles, «Muchos son los misterios que hay en el universo,
pero no hay mayor misterio que el hombre»3.
La sofística se diferenció también de la filosofía griega precedente en cuanto al
método. Aunque el método de la vieja filosofía no excluyó en modo alguno la
observación empírica, sin embargo era característicamente deductivo: una vez que el
filósofo había establecido su principio general del mundo, su último principio
constitutivo, no le quedaba otra cosa por hacer sino explicar conforme a aquella teoría
los fenómenos concretos. En cambio, los sofistas procuraban reunir primero un gran
acervo de observaciones sobre hechos particulares: eran enciclopedistas, polymathai;
luego, de aquellos datos que habían acumulado, sacaban conclusiones, en parte
teóricas y en parte prácticas. Así, del arsenal de datos que lograran reunir acerca de
las diferencias entre las opiniones y las creencias, podían sacar la conclusión de que
es imposible saber nada con certeza; o a base de sus conocimientos de distintas
naciones y maneras de vivir podían formar una teoría sobre el origen de la civilización
o los inicios del lenguaje; o podían sacar también conclusiones de orden práctico, por
ejemplo la de que la sociedad estaría mejor si se organizase de esta o de la otra
manera. El método de la sofística fue, por lo tanto, «empírico inductivo»4.
Se debe tener presente, con todo, que las conclusiones prácticas de los sofistas no
pretendían establecer normas objetivas, basadas en una verdad necesaria. Y esto
señala otra diferencia entre la sofística y la filosofía griega precedente, a saber, sus
diversas finalidades. La vieja filosofía buscaba la verdad objetiva: los cosmólogos
querían descubrir, en efecto, la verdad objetiva acerca del mundo, eran ante todo
desinteresados buscadores de la verdad. A los sofistas, por su parte, no era la verdad
objetiva lo que les interesaba principalmente: sus fines eran prácticos y no
especulativos. Por eso, los sofistas se convirtieron en instrumentos de la instrucción y
de la educación en las ciudades griegas, y trataron de enseñar el arte de vivir y de
gobernar. Se ha observado que mientras que el tener un grupo de discípulos era cosa
más o menos accidental para los filósofos presocráticos —entregados por completo a
su afán de descubrir la verdad—, a los sofistas sí que les fue esencial rodearse de
discípulos, puesto que trataron ante todo de enseñar.
En Grecia, después de las guerras contra los persas, se intensificó naturalmente la
vida política, y esto ocurrió más que en ningún otro sitio en la democrática Atenas. El
ciudadano libre podía tener siempre alguna participación en la vida política, y si
quería desenvolverse en ella de un modo provechoso y digno necesitaba, claro está,
poseer cierta cultura. La educación antigua era ya insuficiente para quien deseara
abrirse camino hacia los cargos públicos; los viejos ideales aristocráticos, fuesen o no
superiores de suyo a los ideales nuevos, eran incapaces de satisfacer la demanda de
dirigentes impuesta por el auge de la democracia: era preciso algo más, y a cubrir tal
necesidad acudieron los sofistas. Dice Plutarco que éstos sustituyeron la antigua
educación de tipo práctico —basada casi toda ella en la tradición familiar, las
relaciones con políticos eminentes, y el entrenamiento consistente en ir participando
en los asuntos públicos— por un aprendizaje teórico. Lo que ahora se requería era
seguir unos cursos de enseñanza, y los sofistas los daban en las ciudades. Eran
profesores itinerantes, que iban de ciudad en ciudad, con lo que reunían un valioso
caudal de noticias y experiencias; y su programa de enseñanzas era bastante variado:
gramática, interpretación de los poetas, filosofía de los mitos y de la religión, y varias
otras cosas más. Pero sobre todo profesaban la enseñanza del arte retórica, que era
absolutamente imprescindible para la vida política. En la ciudad-Estado griega, y en
Atenas más que en las restantes, era imposible abrirse camino como hombre público
si no se sabía hablar con elocuencia. Los sofistas hacían profesión de enseñar el arte
de la palabra, de instruir y entrenar en la «virtud» política por excelencia, en la
«virtud» de la nueva aristocracia del talento y la habilidad. Ni que decir tiene que en
esto no había, de suyo, nada malo, pero la obvia consecuencia de que el arte de la
retórica podría emplearse en poner en circulación un concepto de la política no
precisamente desinteresado o que fuese, en definitiva, perjudicial para la ciudad o
forjado tan sólo para favorecer en su carrera al político, contribuyó a dar a los sofistas
mala reputación. Tal era lo que sucedía especialmente con su enseñanza de la
erística. Si alguien quería enriquecerse bajo el régimen de la democracia griega, tenía
que hacerlo principalmente por medio de litigios judiciales, y los sofistas se dedicaban
a enseñar el mejor modo de ganarlos. Pero claro está que ello era fácil que equivaliese,
en la práctica, al arte de enseñar a los hombres cómo conseguir que la causa injusta
pareciese justa. Semejante proceder difería mucho, evidentemente, de la actitud de
afanosa búsqueda de la verdad que había caracterizado a los antiguos filósofos, y por
aquí se explica el trato que recibieron los sofistas en manos de Platón.
Los sofistas realizaban su tarea culturizante por medio de la educación de los jóvenes
y dando lecciones públicas en las ciudades; mas, como eran profesores que iban de
población en población y hombres de gran experiencia y que representaban, a pesar
de todo, una reacción un tanto escéptica y superficial, vino a ser corriente la idea de
que, reuniendo a los jóvenes, se los arrebataban a las familias y desprestigiaban ante
ellos los criterios tradicionales hasta dar al traste con el código de las costumbres y
con las creencias religiosas. Por tal motivo, los partidarios incondicionales de la
tradición miraban a los sofistas con malos ojos, mientras que los jóvenes se
declaraban de parte de ellos con todo entusiasmo. Y no es que las niveladoras
tendencias de los sofistas fueran siempre debilitantes del vigor de la vida griega su
amplitud de visión hacía de ellos, por lo general, abogados del panhelenismo, doctrina
cuya necesidad se dejaba sentir agudamente en la Grecia de las ciudades-Estados.
Pero lo que más atrajo la atención fueron sus tendencias escépticas, sobre todo porque
no ponían nada realmente nuevo ni sólido en lugar de las viejas convicciones que
procuraban echar abajo. A esto podría añadirse el detalle de que exigían una
remuneración, un salario, por las enseñanzas que impartían. Esta práctica, aunque
legítima de suyo, difería de la que distinguió a los filósofos antiguos y desentonaba de
la opinión griega respecto a «lo conveniente». A Platón le parecía abominable, y
Jenofonte sostiene que «los sofistas no hablan ni escriben sino para engañar, por
enriquecerse, y no son útiles para nadie»5.
Por lo dicho, queda claro que la sofística no se hizo acreedora de una condena radical.
Volviendo la atención de los pensadores hacia el hombre mismo, hacia el sujeto
pensante y volente, sirvió de transición a la fase de las cimeras elucubraciones de
Platón y Aristóteles. Proporcionando un método de educación y de instrucción,
desempeñó un papel necesario en la vida política de Grecia y, a la vez, sus tendencias
panhelenísticas fueron un factor que ciertamente sale en defensa de su crédito. Hasta
sus mismas propensiones al escepticismo y al relativismo, que eran, después de todo,
consecuencias en gran parte del fracaso de la antigua filosofía y también de una
mayor experiencia de la vida humana, contribuyeron por lo menos a que se
plantearan nuevos problemas, aunque la sofística fuese, de por sí, incapaz de darles
solución. No es gratuito fantaseo discernir la influencia de la sofística sobre el drama
griego, por ejemplo en él himno a la perfección humana que se entona en la Antígona
de Sófocles, o en las discusiones teóricas que aparecen en las piezas de Eurípides, y
también se nota este influjo en las obras de los historiadores griegos, como, por
ejemplo, en el famoso diálogo con los de Melos que se lee en las páginas de Tucídides.
El término σοφιστήςtardó algún tiempo en adquirir su sentido peyorativo. Heródoto
lo emplea al referirse a Solón y a Pitágoras, aplícaselo Androtión a los Siete Sabios y a
Sócrates, y Lisias a Platón. Los sofistas más antiguos se granjearon general respeto y
estimación, y, como los historiadores lo han puesto de relieve, no era raro que se les
escogiera como «embajadores» de sus respectivas ciudades, cosa difícilmente
compatible con que fuesen o se les tuviese por meros charlatanes. Sólo más tarde
adquirió el término «sofista» una acepción peyorativa, como en las obras de Platón; y
en tiempos posteriores parece que recuperó un sentido honroso, pues se designó con él
a los maestros de retórica y a los prosistas del Imperio sin que comportase ya el
sentido de enredoso y engañador. «Fue principalmente por su oposición a Sócrates y a
Platón por lo que los sofistas se ganaron una reputación tan mala que ese vocablo
significa ahora, corrientemente, o bien que alguna verdad es refutada o puesta en
duda mediante falsos razonamientos, o bien que se prueba y se hace plausible algo
que es falso.»
Por otra parte, el relativismo de los sofistas, su mucha insistencia en la erística, su
falta de normas fijas, su aceptación de emolumentos y las extravagantes tendencias
que mostraron algunos de los sofistas más tardíos a sutilizar sin fin, justifican
bastante el sentido peyorativo del término. Para Platón, no son sino «comerciantes
que trafican con mercancías espirituales»7; y cuando Sócrates aparece en el
Protágoras8 preguntando a Hipócrates, que desea recibir las enseñanzas protagóricas,
«¿No te avergonzaría el mostrarte a los griegos como un sofista?», Hipócrates
responde: «Sí, por cierto, Sócrates, si he de decir lo que, pienso.» Tengamos presente,
no obstante, que Platón tendía a recalcar lo malo de los sofistas, en gran parte para
que se advirtiese la gran ventaja que les llevaba Sócrates, quien había desarrollado
todo lo bueno que había en la Sofística y lo había elevado a un nivel mucho más alto
que el alcanzado por los sofistas.