EL PROBLEMA SOCRÁTICO
El problema «socrático» es el de fijar con exactitud cuáles fueron sus enseñanzas
filosóficas. Las características de las fuentes de que disponemos —obras socráticas de
Jenofonte (Memorables y Banquete), diálogos de Platón, varias afirmaciones de
Aristóteles, las Nubes de Aristófanes— hacen que este problema sea difícil. Por
ejemplo, si nos basamos sólo en Jenofonte, sacaremos la impresión de que a Sócrates
le interesaba sobre todo formar hombres de bien y buenos ciudadanos, pero que no le
importaron las cuestiones lógicas ni las metafísicas: se trataría de un moralista
popular. Si, por otra parte, basamos nuestra concepción de cómo fue Sócrates en los
diálogos de Platón tomados en conjunto, nos parecerá un metafísico de primerísima
categoría, un hombre que no se contentó con estudiar las cuestiones que plantea el
comportamiento diario, sino que echó los fundamentos de una filosofía trascendente,
caracterizada por su doctrina acerca de un mundo metafísico de las Formas. Por otro
lado, las afirmaciones de Aristóteles (si se las interpreta sin retorcimientos) nos dan a
entender que, aunque Sócrates no dejó de interesarse por las cuestiones teóricas, sin
embargo no es de él mismo la doctrina de las Formas subsistentes o Ideas, que es
peculiar del platonismo.
La opinión a la que comúnmente se ha llegado es la de que, si bien el retrato hecho
por Jenofonte resulta demasiado «grosero» y «trivial», debido más que nada a falta de
interés y de capacidad filosófica en su autor (aunque también se ha sostenido, cosa
que parece improbable, que Jenofonte quiso presentar adrede un Sócrates más
«vulgar» de lo que en realidad era y de lo que él le había conocido, y ello con fines
apologéticos), lo que no podemos rechazar es el testimonio de Aristóteles, y, por lo
tanto, nos vemos obligados a concluir que Platón, excepto en sus primeras obras
socráticas, como por ejemplo en la Apología, puso sus propias doctrinas en labios de
Sócrates. Esta opinión tiene la gran ventaja de no colocar en flagrante oposición al
Sócrates de Jenofonte con el de Platón (pues las lagunas que se advierten en el
retrato jenofónteo pueden explicarse como secuela del carácter del propio Jenofonte y
de los intereses que predominaban en él), y, a la vez, no se echa en saco roto el claro
testimonio de Aristóteles. De esta manera obtenemos un retrato más o menos
coherente de Sócrates y no violentamos sin justificación ninguna las fuentes (que es
de lo que suelen argüir si no los mantenedores de que Sócrates fue principalmente un
teorizador).
Sin embargo, esta opinión ha sido discutida. Así, por ejemplo, Karl Joel, fundando su
concepción de Sócrates en el testimonio de Aristóteles, sostiene que Sócrates fue un
intelectualista o racionalista, un representante del tipo ático, y que el Sócrates
jenofónteo es, en cambio, un Willensethiker [ético de la voluntad], representante del
tipo espartano, y, por ende, no el Sócrates histórico. Según Joel, pues, Jenofonte pintó
a Sócrates con colores dorios y lo desfiguró19.
Döring sostenía, por el contrario, que para obtener una imagen histórica de Sócrates
debemos buscarla en Jenofonte. El testimonio de Aristóteles no hace sino resumir el
somero juicio de la Academia antigua sobre la importancia filosófica de Sócrates,
mientras que Platón se valió de Sócrates como de un punto de apoyo para montar sus
propias doctrinas filosóficas20. En Inglaterra, Burnet y Taylor han defendido otro
punto de vista. Según ellos, el Sócrates histórico es el de Platón21. Éste rebasó, sin
duda, el pensamiento de su maestro, pero, así y todo, las enseñanzas filosóficas que le
hace proferir por sus labios en los diálogos representan, sustancialmente, las
auténticas enseñanzas de Sócrates. De ser esto verdad, Sócrates mismo habría
inventado la teoría metafísica de las Formas o Ideas, y la afirmación de Aristóteles
(de que Sócrates no «separó» las Formas), o habrá de rechazarse, como debida a
ignorancia, o precisará de largas explicaciones. Es muy poco verosímil, dicen Burnet y
Taylor, que Platón pusiese sus propias teorías en labios de Sócrates si éste nunca las
hubiese sostenido, siendo así que aún vivían gentes que habían conocido a Sócrates y
sabían cuáles fueron sus enseñanzas. Señalan, además, que en varios de los últimos
diálogos de Platón no es Sócrates quien lleva la voz cantante, y que en las Leyes se
prescinde de él por completo; de aquí deducen que, en los diálogos en que es Sócrates
el interlocutor principal, Platón expone las ideas de Sócrates y no las suyas propias,
mientras que en los diálogos más tardíos desarrolla ya puntos de vista independientes
(por lo menos independientes respecto a Sócrates), razón por la cual va relegando a su
maestro al fondo de la escena. No cabe duda de que este último argumento es
bastante fuerte, como lo es también el de que en un diálogo «temprano», cual es el
Felón, que trata de la muerte de Sócrates, ocupe un lugar preponderante la teoría de
las Formas. Pero, si el Sócrates histórico fuese el de Platón, tendríamos que decir,
lógicamente, que en el Timeo, por ejemplo, Platón se dedica a poner en boca del
disertador principal opiniones de las que él, Platón, no se hace responsable, ya que, si
Sócrates no habla por Platón mismo, nada obliga a creer que Fedón sí, que esté
hablando en vez de Platón.
A. E. Taylor no titubea en adoptar esta hipótesis, extremada aunque consecuente;
pero no sólo es prima facie de lo más inverosímil el que podamos librar así a Platón de
la responsabilidad de casi todo lo que dice en sus diálogos, sino que además, por lo
que al Timeo respecta, si la opinión de Taylor fuese acertada, ¿cómo podríamos
explicar que una cosa tan notable se hubiese evidenciado por primera vez en el siglo
20 d. J. C.?22 Añádase que la defensa coherente de la opinión de Burnet y Taylor
acerca del Sócrates platónico implica el que se atribuyan a Sócrates elaboraciones,
refinamientos y desarrollos de la teoría de las Ideas que es improbabilísimo que el
Sócrates histórico hubiese podido llevar a cabo. Aparte de que tal posición obligaría a
prescindir por completo del testimonio de Aristóteles.
Verdad es que muchas de las críticas que de la teoría de las Ideas hace Aristóteles en
los libros Metafísicos van dirigidas contra la forma matemática de la teoría enseñada
por Platón en sus lecciones de la Academia, y que algunas de esas críticas suponen un
extraño olvido de la que Platón dice en los Diálogos, hecho que tal vez indique que
Aristóteles sólo reconocía como platónica la teoría expuesta en la Academia pero no
publicada, por Platón. Mas esto no bastaría, ciertamente, para poder hablar de una
total disparidad entre la versión que de la teoría de Aristóteles (con justicia o sin ella)
y la teoría que en los Diálogos se desarrolla. Es más, el hecho mismo de que la teoría
evolucione, se modifique y se vaya afinando en los Diálogos, parece querer decir que
representa, en parte al menos, las reflexiones del propio Platón sobre su tesis. Los
autores posteriores de la Antigüedad creían, sin lugar a dudas, que los Diálogos de
Platón pueden considerarse como genuina expresión de su filosofía, si bien tenían
diversos pareceres en cuanto a la relación que hubiera entre los Diálogos y las
enseñanzas de Sócrates: los autores más antiguos pensaban que Platón había
introducido en los Diálogos mucho de su propia cosecha. Siriano contradice a
Aristóteles, pero el Profesor Field observa que sus razones parecen expresar «su
propia opinión sobre lo que era conveniente en la relación entre maestro y
discípulo»23.
Un argumento favorable a la hipótesis de Burnet y Taylor lo constituye el pasaje de la
Carta segunda en que Platón afirma que lo que él ha dicho en sus escritos no es sino
Sócrates «embellecido y rejuvenecido»24. Sin embargo, en primer lugar, no es segura la
autenticidad de ese pasaje, ni siquiera la de la Carta entera; en segundo lugar, podría
explicarse muy bien como si quisiese decir que los diálogos contienen lo que Platón
consideraba la superestructura metafísica, elaborada legítimamente por él mismo
sobre la base de lo que Sócrates enseñó en realidad. (Field sugiere que el pasaje en
cuestión podría referirse a la aplicación del método y del espíritu socráticos a los
problemas «modernos».) Porque nadie habrá tan insensato que sostenga que los
diálogos no contienen nada del Sócrates histórico. Es evidente que los primeros
diálogos tomarían como punto de partida las enseñanzas del Sócrates histórico, y si
Platón, meditando sobre estas enseñanzas, elaboró luego por su cuenta sus teorías
epistemológicas y ontológicas tal cual aparecen en los diálogos sucesivos, podía muy
bien considerar los resultados alcanzados como legítimos desarrollos y aplicaciones de
la doctrina y del método de Sócrates. Los términos que emplea en la citada Carta se
deberían acaso a su convicción de que la teoría de las Ideas, tal como queda expuesta
en los Diálogos, se puede tener, sin violencia ninguna, por continuación y desarrollo
de las enseñanzas socráticas; lo cual no sería igualmente cierto de la forma
matemática que, en la Academia, dio a la misma teoría.
Ni que decir tiene que resultaría ridículo sugerir que una opinión sustentada por
especialistas de la categoría de Taylor y Burnet se pueda refutar fácilmente, y
semejante sugerencia está muy lejos de los propósitos del autor; pero en una obra
general sobre la filosofía griega es imposible tratar con detalle este problema y
examinar la teoría de Burnet y Taylor tan detenidamente como se merece. Debo, con
todo, manifestar mi acuerdo sobre lo que Hackforth25, por ejemplo, ha dicho respecto a
lo injustificable de que se menosprecie el testimonio de Aristóteles sobre que Sócrates
no «separó» las Formas. Aristóteles había estado durante veinte años en la Academia,
y, dado su interés por la historia de la filosofía, difícilmente pudo descuidar la
determinación del origen de una doctrina platónica tan importante como lo era la
teoría de las Formas. Añádase a esto el hecho de que los fragmentos que se han
conservado de los diálogos de Esquines no dan pie para apartarse del punto de vista
de Aristóteles, y era fama que Esquines había compuesto en ellos el retrato más
exacto de Sócrates. Por todas estas razones, parece preferible aceptar el testimonio
del Estagirita y, admitiendo que el Sócrates jenofónteo no es el Sócrates completo,
mantener el sentir tradicional: el de que Platón puso sus propias teorías en boca del
Maestro al que reverenció tanto. La breve exposición que ahora vamos a hacer de la
actividad filosófica de Sócrates se basa, por consiguiente, en el parecer tradicional.
Quienes mantienen el punto de vista de Burnet y Taylor suelen decir que con
procederes cono el nuestro se hace violencia a Platón; pero ¿mejorarán las cosas
violentando a Aristóteles? Si éste no hubiese gozado del trato personal de Platón y sus
discípulos durante largo tiempo, podríamos admitir la posibilidad de un error por su
parte; mas, teniendo en cuenta sus veinte años en la Academia, no parece admisible
tal posibilidad de error. Claro que tampoco hay muchas probabilidades de que
lleguemos alguna vez a la certeza absoluta en cuanto a la exactitud del retrato del
Sócrates histórico, y sería, por ende, imprudentísimo rechazar todas las hipótesis,
excepto la propia, como indignas de consideración. Lo único que cuadra es establecer
qué motivos tiene uno para aceptar tal imagen de Sócrates y no tal otra, sin que se
pueda pasar de ahí.
(Para la breve exposición que sigue de las enseñanzas de Sócrates se ha hecho uso de
Jenofonte: no podemos creer que Jenofonte fuese un simple o un embustero. Es cosa
certísima que, si resulta difícil —y a veces, sin duda, imposible— distinguir entre
Platón y Sócrates, «casi lo es tanto el distinguir entre Sócrates y Jenofonte. Porque las
Memorables tienen tanto de obra artística como cualquier diálogo platónico, aunque
su estilo sea tan diferente como lo era Jenofonte de Platón»26. Con todo, según indica
Lindsay, Jenofonte escribió muchas otras cosas además de las Memorables, y el tener
presente el resto de su obra nos ayudará a comprender en muchos momentos lo que es
Jenofonte mismo, aunque no siempre nos haga ver lo que es Sócrates. Las
Memorables reflejan la impresión que Sócrates le hizo a Jenofonte, y creemos que, en
lo principal, esta impresión es fidedigna, aun cuando no pueda menos de recordarnos
continuamente el viejo adagio escolástico (Quidquid recipitur, secundum modum
recipientis recipitur.)
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EL PROBLEMA SOCRÁTICO
Published on Abril 16, 2008
in historia filosofia.
Tags: el comportamiento, el retrato, jenofonte, las fuentes, nos vemos, por lo tanto, sin embargo, testimonio.










