EL UNO DE PARMÉNIDES Y DE MELISO

EL UNO DE PARMÉNIDES Y DE MELISO
El supuesto fundador de la escuela eleática fue Jenófanes. Sin embargo, como no hay
verdadera certeza de que hubiese estado nunca en Elea, al sur de Italia, no se le debe
tener más que por un fundador tutelar o patrono de aquella escuela. Es fácil
comprender por qué fue adoptado como tal entre quienes tan fuertemente se
aferraron a la noción del Uno inmóvil, si consideramos algunas de las sentencias que
se le atribuyen. Jenófanes combate el antropomorfismo de las divinidades griegas: «Si
los bueyes, los caballos y los leones tuvieran manos, y con ellas pudiesen pintar y
hacer figuras como los hombres, entonces los caballos dibujarían imágenes de los
dioses semejantes a caballos, y los bueyes semejantes a bueyes, y formarían cuerpos
parecidos a los que tienen cada uno de ellos.»1 Y en su lugar afirma a «un solo Dios,
mucho más grande que los dioses y que los hombres, no similar a los mortales ni en el
cuerpo ni en el pensamiento», que «permanece siempre en el mismo sitio, sin moverse
para nada, pues tampoco conviene con Él el andarse moviendo de un lado a otro»2.
Aristóteles nos dice, en su Metafísica, que Jenófanes, «refiriéndose al mundo entero,
sostuvo que el Uno era Dios»3. Lo más probable es, pues, que Jenófanes fuese monista
y no monoteísta, y esta interpretación de su «teología», ciertamente se compadecería
más con la actitud de los e eleatas hacia él que no una interpretación teísta. Una
teología genuinamente monoteísta podrá sernos a nosotros bastante familiar, pero en
la Grecia de aquel entonces habría sido algo de excepción.
Con todo, opinara lo que opinase Jenófanes, el auténtico fundador de la escuela
eleática desde un punto de vista histórico y filosófico fue, sin duda, Parménides,
ciudadano de Elea. Había nacido, al parecer, a finales del siglo 6 a. J. C., puesto que
hacia los años 451-449, cuando tenía ya unos 65 años, conversó en Atenas con el joven
Sócrates. Dícese que redactó leyes para su ciudad natal, y Diógenes se vale de un
juicio de Soción para afirmar que Parménides fue primero pitagórico, pero después
abandonó aquella filosofía y sustentó la suya propia4.
Parménides escribió en verso, y la mayoría de los fragmentos que de su obra
poseemos fueron conservados por Simplicio en su comentario. Resumida, su doctrina
quiere decir que el Ser, el Uno, es, y el devenir, el cambio, no pasa de mera ilusión.
Porque si algo empieza a ser, una de dos: o procede del Ser, o procede del No-Ser. Si
viene del primero, entonces ya es… y, en tal caso, no comienza entonces a ser; si viene
de lo segundo, no es nada, puesto que de la nada no puede salir nada. El devenir es,
por consiguiente, ilusorio. El Ser es simplemente, y es Uno, ya que la pluralidad
también es ilusoria. Ahora bien, esta doctrina no es el tipo de teoría que se le ocurre
en seguida a cualquier hombre de la calle, por lo que no ha de sorprender la
insistencia con que recalca Parménides la radical distinción que hay entre el camino
de la verdad y el camino de la creencia o de la opinión. Es muy probable que el camino
de la opinión, expuesto en la segunda parte del poema, representase la cosmología de
los pitagóricos; y como la filosofía pitagórica difícilmente se le ocurriría al hombre que
se deja guiar sin más por el conocimiento sensible, no cabe sostener que la distinción
de Parménides entre los dos caminos tenga toda la generalidad formal de la distinción
hecha ulteriormente por Platón entre la ciencia y la opinión, entre el pensamiento y la
sensación. Trátase más bien del rechazo de una filosofía determinada para defender
otra filosofía determinada. No obstante, es cierto que Parménides rechaza la filosofía
pitagórica —y, de hecho, cualquier filosofía que concuerde con ella sobre este punto—
por haber admitido los pitagóricos el cambio y el movimiento. Mas, el cambio y el
movimiento son, con toda certeza, fenómenos que aparecen a los sentidos, de modo
que, al rechazar el cambio y el movimiento, Parménides cierra el camino de las
apariencias sensibles. Por lo tanto, no es inexacto decir que Parménides introduce la
fundamental distinción entre la razón y la sensación, entre la verdad y la apariencia.
Por descontado que también Tales reconocía ya hasta cierto punto esta distinción,
pues su hipotética verdad de que todo es agua no es inmediatamente perceptible por
los sentidos, ni mucho menos: precisa, para ser concebida, del ejercicio de la razón,
que va más allá de lo aparencial. Asimismo, la «verdad» céntrica de Heráclito es una
verdad de razón y excede con mucho el alcance de la opinión común de los hombres,
que para todo confía en las apariencias sensibles. También es verdad que Heráclito
llega, inclusive, a hacer explícita en parte esta distinción, porque ¿no distingue acaso
entre el mero sentido común y su «mensaje»? Sin embargo, es Parménides quien
primero insiste en tal distinción y la pone de relieve, y no es difícil comprender por
qué lo hace, si examinamos las conclusiones a que había llegado. En la filosofía
platónica vino a ser de capital importancia esta distinción, igual que tiene que serlo
en todas las formas del idealismo.
Pero, aunque Parménides enuncia una distinción que había de convertirse en uno de
los dogmas fundamentales del idealismo, hay que vencer la tentación de hablar de él
como si él mismo hubiese sido idealista. Según veremos, hay una razón muy sólida
para suponer que, a los ojos de Parménides, el Uno es sensible y material, por lo que
hacer de nuestro filósofo un idealista objetivo a la manera de los del siglo 19 es
incurrir en un anacronismo: de la alegación del cambio no se sigue que el Uno sea
Idea. Puede muy bien invitársenos a seguir el camino del pensamiento, pero no
queramos deducir de ello que Parménides considerase el Uno, al que llegamos por
este camino, como siendo en realidad el Pensamiento mismo. De haber representado
Parménides el Uno como el Pensamiento autosubsistente, Platón y Aristóteles no
habrían dejado de dar cuenta de ello, y Sócrates no habría visto en Anaxágoras al
primer gran filósofo por su concepción de la Inteligencia o Nous. Lo cierto parece ser
que, aunque Parménides afirma la distinción entre la razón y la sensación, no lo hace
para establecer un sistema idealista, sino para establecer un sistema monista
materialista, en el que el cambio y el movimiento son rechazados como ilusorios. Sólo
la razón puede aprehender la realidad, pero esa realidad que la razón aprehende es
material. Esto no es idealismo, sino materialismo.
Pasemos ahora a la doctrina de Parménides sobre la naturaleza del mundo. Su
primera gran aserción es la de que «lo Ente es». Lo «Ente», a saber, la Realidad, el
Ser, sea cual fuere su naturaleza, es, existe, y no puede no ser. Lo Ente es, y le es
imposible no ser. Del Ser puede hablarse, al Ser puedo yo hacerlo objeto de mi
pensamiento; pero el que yo pueda pensar y hablar del Ser es posible «porque lo
mismo es poder ser pensado que poder ser». Mas si «lo Ente» puede ser, luego es. ¿Por
qué? Porque si, pudiendo ser, sin embargo no fuese, entonces sería la nada. Ahora
bien, la nada no puede ser objeto del habla ni del pensamiento, por cuanto hablar de
nada es no hablar, y pensar en nada es no pensar en absoluto. Además, si «lo Ente»
tan sólo pudiese ser, entonces, por paradoja, nunca podría llegar a ser, pues tendría
que proceder de la nada, y de la nada no procede nada. Por lo tanto, el Ser, la
Realidad, «lo Ente», no fue primero posible, es decir, nada, y después existente, sino
que siempre ha existido; con más exactitud: «lo Ente es».
¿Por qué decimos que «con más exactitud, lo Ente es»? Por esta razón: si algo viene al
ser, ha de provenir o del ser o del no-ser. Si decimos que proviene del ser, entonces no
proviene en verdad, no se da un auténtico venir a ser, pues lo que del ser proviene ya
es. Y si dijéramos que proviene del no-ser, entonces el no-ser habrá de ser ya algo,
para que de ello pueda surgir el ser; mas aquí hay contradicción. Por consiguiente, el
Ser, «lo Ente», no surge ni del ser ni del no-ser: nunca ha empezado a ser, sino que
simplemente es. Y como este razonamiento es aplicable a todo ser, jamás empieza a
ser o deviene cosa alguna. Pues si algo, aun lo más insignificante, cambiase alguna
vez, se presentaría siempre la misma dificultad: ese algo, ¿proviene del ser o del noser?
Si lo primero, ya sería, ya existiría; si lo segundo, incurriríamos en contradicción,
puesto que el no-ser es la nada y no puede dar origen al ser. Por lo tanto, el cambio, el
devenir, y el movimiento son imposibles. Y, según esto, «lo Ente es». «Uno solo es el
camino que nos queda: el de decir que lo “Ente es”. Y en este camino hay múltiples
indicios de que lo que es es increado e indestructible, pues es completo, imperturbable
e infinito.»5
¿Por qué dice Parménides que «lo Ente» es completo, o sea, una Realidad única a la
que nada se puede añadir? Porque, si no fuese uno, si estuviese dividido, habría de
estarlo por algo distinto de sí mismo; pero al Ser no puede dividirlo algo distinto de él,
pues fuera del Ser no hay nada. Ni tampoco se le puede añadir cosa alguna, puesto
que todo lo que se le añadiese sería ya ello mismo ser. De igual manera, es inmoble y
continuo, pues cualquier cambio o movimiento, formas del devenir, han de excluirse.
Y ¿cuál es, según Parménides, la naturaleza de «lo Ente», del Ser? Su afirmación de
que el Ser, el Uno, es finito, indica claramente que pensaba que el Ser es material. El
infinito debió de significar para él «indeterminado», «indefinido», y el Ser, como Real
que es, no puede ser indefinido o indeterminado, no puede cambiar, ni puede
concebirse como algo que se expansiona dentro de un espacio vacío: ha de ser definido,
determinado, completo. Es temporalmente infinito, o sea, sin principio ni fin, pero
espacialmente finito. Aparte de esto, su realidad es homogénea en todas direcciones,
y, por ende, es de forma esférica, «igualmente equilibrado desde el centro en todas
direcciones: que no puede ser mayor ni menor en un sitio que en otro»6. Y ¿cómo podía
pensar Parménides que el Ser era esférico, a no ser que lo concibiese como material?
Al parecer, pues, Burnet acierta cuando dice a este propósito: «Parménides no es,
como algunos han afirmado, “el padre del idealismo”, sino que, al contrario, todo
materialismo arraiga en su concepción de la realidad»7. Stace tiene que admitir que
«Parménides, Meliso y los eléatas en general consideraron el Ser, en cierto sentido,
como material»; pero trata de hacer ver todavía que Parménides era idealista, en
cuanto que sostuvo la «tesis cardinal del idealismo», la de «que la realidad absoluta,
de la cual es el mundo una manifestación, consiste en el pensamiento, en ideas»8. Sin
duda, es verdad que el Ser de Parménides sólo puede ser aprehendido por el
pensamiento, lo mismo que la realidad de Tales o la de Anaxímenes; pero identificar
el «ser pensado» con el «ser pensamiento» es, seguramente, confundir las cosas.
Así pues, el Parménides histórico parece que fue materialista y nada más. Sin
embargo, esto no quita que en la filosofía de Parménides haya una contradicción sin
resolver, como lo evidencia Stace9. Aunque materialista, su pensamiento contiene
también los gérmenes del idealismo, o, al menos, se le puede tomar como punto de
partida para el idealismo. Por un lado, Parménides afirmó la inmutabilidad del Ser, y,
en la medida en que concibió el Ser como material, sostuvo que la materia era
indestructible. Empédocles y Demócrito aceptaron esta tesis y se valieron de ella en
su doctrina atomista. Pero mientras que Parménides se sentía obligado a rechazar el
cambio y el devenir como ilusorios, adoptando así la posición diametralmente opuesta
a la de Heráclito, Demócrito no pudo negar lo que parece ser un hecho innegable de
experiencia, un hecho que más exige explicación que no el mero rechazarlo.
Demócrito, por consiguiente, al aceptar la tesis parmenídea de que el ser no puede ni
engendrarse ni perecer —la indestructibilidad de la materia— interpretaba el cambio
como algo debido a la agregación o separación de las partículas indestructibles de la
materia. Por otra parte, es un hecho históricamente cierto que Platón tomó la tesis de
Parménides relativa a la inmutabilidad del Ser e identificó el ser permanente con la
Idea subsistente y objetiva. En este sentido, pues, cabe llamar a Parménides el padre
del idealismo: en cuanto que el primer gran idealista adoptó el dogma fundamental de
Parménides y lo interpretó desde un punto de vista idealista. Por lo demás, Platón
hizo mucho uso de la distinción parmenídea entre el mundo de la razón y el de los
sentidos o aparencial. Pero, si bajo este aspecto histórico puede ser descrito
Parménides como el padre del idealismo, por su indudable influjo sobre Platón,
entiéndase bien, al mismo tiempo, que Parménides propiamente enseñó una doctrina
materialista y que los materialistas, como Demócrito, fueron sus hijos legítimos.
Heráclito, con su teoría del πάντα ῥεῖ, insiste en el devenir. Como hemos visto, no
afirmó el devenir hasta la total exclusión del Ser, pues dijo que hay, sí, el devenir,
pero no que éste equivalga a la nada. Afirmó que existe el Uno-Fuego, pero sostenía
que el cambio, el devenir, la tensión, son esenciales para la existencia del Uno.
Parménides, por el contrario, afirmó el Ser hasta la exclusión del devenir,
proclamando que el cambio y el movimiento son ilusorios. Los sentidos nos dicen que
hay cambios, pero la verdad ha de buscarse, no en los sentidos, sino en la razón, en el
pensamiento. Tenemos, pues, dos tendencias ejemplificadas en estos dos filósofos: la
tendencia a recalcar el devenir y la tendencia a poner de relieve el Ser. Platón trató
de sintetizarlas combinando lo que una y otra tienen de verdadero. Adoptó la
distinción de Parménides entre el pensamiento y la sensación, y declaró que los
objetos de la percepción sensible no son objetos de conocimiento verdadero, porque
carecen de la necesaria estabilidad, ya que están sujetos al fluir heraclitiano. Los
objetos del verdadero conocimiento son estables y eternos, como el Ser de Parménides;
pero no son materiales como el Ser parmenídeo, sino que son, por el contrario, Formas
ideales, subsistentes e inmateriales, organizadas jerárquicamente y que culminan en
la Idea del Bien.
Puede decirse que esta síntesis fue continuada por Aristóteles. El Ser, en el sentido de
la Realidad última e inmaterial, Dios, es el Pensamiento inmutable y subsistente,
νόησις νοήσεως. En cuanto al ser material, Aristóteles concuerda con Heráclito en
decir que está sometido al cambio, y rechaza la tesis de Parménides; pero el Estagirita
tuvo más en cuenta que Heráclito la relativa estabilidad de las cosas y convirtió las
Ideas de Platón en formas o ideas concretas, en principios formales inherentes a los
objetos de este mundo. Además, Aristóteles resuelve el dilema de Parménides
mediante su insistencia en la noción de potencia. Patentiza que no hay contradicción
en decir que algo es X actualmente pero Y potencialmente. Esa cosa es X, pero será Y
en el futuro gracias a una potencia, que no es simplemente nada y que, no obstante,
no es un ser actual. El ser, por consiguiente, no surge del no-ser, ni tampoco del ser
precisamente en cuanto ser en acto, sino del ser considerado en potencia, δύναμει.
De la segunda parte del poema de Parménides, El camino de la opinión, no es
necesario decir nada, pero sí que merece la pena decir unas palabras acerca de Meliso,
porque éste añadió algo al pensamiento de su maestro Parménides. Había declarado
Parménides que el Ser, el Uno, es espacialmente finito, pero Meliso, su discípulo
samio, no aceptaría tal doctrina. Si el Ser es finito, entonces más allá de él no podrá
haber nada: el Ser habrá de estar limitado por la nada. Mas, si al Ser no lo limita
nada, es infinito y no finito. Fuera del Ser no puede haber un vacío, «pues lo que es
vacío es nada. Lo que es nada no puede ser»10.
Nos dice Aristóteles que Meliso concibió el Uno como material11. Ahora bien, Simplicio
cita un fragmento para probar que Meliso no consideraba el Uno como corpóreo, sino
como incorpóreo: «Y, si ha de existir, ha de ser necesariamente uno; pero, si es uno, no
puede tener cuerpo, pues, si tuviese cuerpo, tendría partes y ya no sería uno,»12 La
explicación parece sugerirla el hecho de que Meliso está hablando de un caso
hipotético. Burnet, siguiendo a Zeller, señala la semejanza entre este fragmento y un
argumento de Zenón, en el que éste dice que si existiesen las unidades últimas de los
pitagóricos, entonces cada una tendría partes y no sería verdaderamente una.
Podemos, pues, suponer que Meliso se refiere también a la doctrina de los pitagóricos,
tratando de probar la inexistencia de sus unidades últimas, y que no habla aquí del
Uno parmenídeo.