EMPÉDOCLES DE AGRIGENTO
Empédocles era ciudadano de Acragas o Agrigento, en Sicilia. No pueden fijarse con
exactitud las fechas de su vida, pero, al parecer, visitó la ciudad de Turios poco
después de su fundación en 444-443 a. J. C. Tomó parte en la vida política de su
ciudad natal y se decía que fue allí el dirigente del partido demócrata. Más tarde
circularon historias a propósito de las actividades de Empédocles como mago y
taumaturgo, y hay un relato según el cual le expulsaron de la orden pitagórica por sus
«discursos sediciosos»1. Aparte sus actividades como hacedor de maravillas,
Empédocles contribuyó al progreso de la auténtica medicina. Sobre la muerte de este
filósofo corrieron diversas fábulas fantásticas, la más conocida de las cuales es la de
que se arrojó al cráter del Etna para hacer creer a las gentes que había sido
arrebatado al cielo y para que se le tomase por un dios. Desgraciadamente para él,
una de sus sandalias quedó al borde del volcán, y como tenía por costumbre usar
suelas de bronce, fue pronto reconocida2. Sin embargo, Diógenes Laercio, que es quien
nos ha transmitido esta leyenda, nos informa también de que «Timeo contradice todas
estas historias, afirmando expresamente que Empédocles partió para el Peloponesio y
no volvió más, de manera que no se sabe cómo murió»3. Empédocles, igual que
Parménides y a diferencia de los demás filósofos griegos, expresó sus ideas filosóficas
en escritos poéticos, de los que han llegado hasta nosotros fragmentos de diversa
longitud.
Lo que hace Empédocles no es tanto crear una nueva filosofía como tratar de
consolidar y conciliar el pensamiento de sus predecesores. Parménides había
sostenido que el Ente es, y que es material. Empédocles hizo suya no sólo esta tesis,
sino también el pensamiento básico de Parménides, según el cual el Ser no puede
nacer ni destruirse, puesto que el Ser no puede surgir del no-ser, como tampoco puede
desaparecer el no-ser. Por consiguiente, la materia no tiene ni comienzo ni fin: es
indestructible. «¡Necios! —que no son por cierto de gran alcance sus mentes—, pues
esperan confiados que se engendre lo que antes no era o que algo se extinga y perezca
del todo. Porque es imposible que algo surja de lo que de ningún modo es, e inaudito
que lo que es perezca, pues será siempre, donde quiera que se le ponga y guarde.»4 Y
también: «Ni en el Todo hay vacío alguno, ni hay algo demasiado lleno», y «En el Todo
no hay vacío. ¿De dónde podría, pues, venir algo que lo aumentase?»5
Hasta aquí, por tanto, Empédocles está de acuerdo con Parménides. Pero, por otra
parte, el cambio es un hecho que no se puede negar, y la negación del cambio por
ilusorio sería imposible mantenerla durante mucho tiempo. Faltaba, pues, encontrar
una manera de conciliar la existencia del cambio y del movimiento con el principio
parmenídeo de que el Ser—que, recordémoslo, según el eléata es material— no puede
ni empezar a ser ni desaparecer. Empédocles trata de conseguir esta conciliación
mediante el principio de que los objetos, en cuanto «todos», comienzan a ser y dejan de
ser —como nos lo muestra la experiencia—, pero están compuestos de partículas
materiales que son en sí mismas indestructibles. Hay «tan sólo una mezcla y un ir
cambiando esa mezcla. La sustancia (φύσις) es solamente un nombre que los hombres
han dado a estas cosas»6.
Ahora bien, aunque Tales creyese que todas las cosas son en el fondo agua, y
Anaxímenes aire, creían ambos que una clase de materia puede convertirse en otra
clase de materia, al menos en el sentido de que, por ejemplo, el agua se convierte en
tierra y el aire en fuego. Empédocles, por el contrario, interpretando, a su manera, el
principio de Parménides sobre la inmutabilidad del Ser, sostiene que la materia de
una clase no puede convertirse en materia de otra clase, sino que existen unas
especies fundamentales y eternas de materia o «elementos»: la tierra, el aire, el fuego
y el agua. La familiar clasificación de los cuatro elementos fue, pues, inventada por
Empédocles aunque él habla de ellos, no como de elementos, sino como de «las raíces
de todo»7. La tierra no puede convertirse en agua, ni el agua en tierra: las cuatro
especies de materia constan de partículas inmutables y últimas, que, mezclándose
unas con otras, forman los objetos concretos del mundo. Así, los objetos se originan de
la mezcla de los elementos, y dejan de ser cuando estos elementos se separan; pero los
elementos mismos ni comienzan a ser ni perecen, sino que permanecen siempre
inmutables. Por lo tanto, Empédocles acertó a ver la única manera posible de conciliar
la posición materialista de Parménides con el hecho evidente del cambio, a saber:
postular una multiplicidad de partículas materiales últimas. Por ello, merece que se
le llame mediador entre el sistema parmenídeo y la evidencia sensible.
Los filósofos jonios habían fracasado en su intento de explicar el proceso de la
Naturaleza. Si todo se compone de aire, según quería Anaxímenes, ¿cómo se originan
los objetos de nuestra experiencia? ¿Qué fuerza es la responsable del proceso cíclico de
la Naturaleza? Anaxímenes afirmaba que el aire se transforma en otras clases de
materia por un poder propio que le es inherente; pero Empédocles comprendió que era
necesario postular unas fuerzas activas. Estas fuerzas las encontró él en el Amor y el
Odio, o la Armonía y la Discordia. A pesar de sus nombres, estas fuerzas las concebía
como fuerzas físicas y materiales: el Amor o la Atracción reuniría las partículas de los
cuatro elementos, desempeñando una función constructiva; la Discordia o el Odio
separaría las partículas, provocando con ello la extinción de los objetos.
Según Empédocles, el proceso del mundo es circular, en el sentido de que hay ciertos
ciclos ordenadores periódicos. Al comienzo de un ciclo, los elementos están todos
entremezclados —no separados aún de manera que formen los objetos concretos tal
como nosotros los conocemos— y constituyen una mezcolanza general de partículas de
tierra, aire, fuego y agua. En esta fase primitiva del proceso, el principio que gobierna
es el Amor, y al todo se le llama «dios bendito». Pero el Odio ronda en torno a la
esfera, y cuando consigue penetrar en ella se inicia el proceso separador, la desunión
de las partículas. Finalmente, la separación llega a ser completa: todas las partículas
de agua se juntan, e igualmente todas las partículas de fuego y todas las de los otros
dos elementos, por separado. El Odio reina como dueño y señor; el Amor ha sido
expulsado. Mas el Amor, a su vez, inicia su obra, y así origina el gradual mezclarse y
unirse de los diversos elementos, proceso que sigue adelante hasta que las partículas
elementales vuelven a estar mezcladas entre sí como lo estaban al comienzo. Entonces
le toca otra vez el turno al Odio. Y de esta manera continúa el proceso, sin un primer
comienzo y sin un último fin8.
En cuanto al mundo tal como lo conocemos, es algo que está a mitad de camino entre
la esfera primitiva y la fase de total separación de los elementos: el Odio va
penetrando poco a poco en la esfera y expulsando de ella al Amor. Al empezar a
formarse nuestra tierra a partir de la esfera, el primer elemento que de ésta se separó
fue el aire: siguióle el fuego, y después vino la tierra. El agua fue lanzada hacia fuera
por la rapidez con que gira el mundo. La esfera primitiva (es decir, primitiva en el
proceso cíclico, no ya primitiva en sentido absoluto) es descrita en términos que a
nosotros nos parecen un tanto divertidos: «Allí» (o sea, en la esfera) «no se distinguen
ni los rápidos miembros del sol, ni el poderoso cuerpo hirsuto de la tierra, ni el mar —
tan inquebrantable era el dios encerrado en el compacto cutis de la Armonía, esfera
bien pulida, gozosa de su circular soledad»9. La actividad del Amor y del Odio es
ilustrada de varias maneras. «Ésta (es decir, la lucha entre ambos) manifiéstase en la
masa de los miembros mortales. En determinado momento, todos los miembros que
cayeron en suerte al cuerpo (humano) se unen, por la Amistad, y florecen en flores de
vida; en otro momento, descuartizados por la perversa Rivalidad, van errantes,
separados unos de otros, sobre el oleaje del océano de la vida. Lo mismo sucede con las
plantas y con los peces que en las aguas habitan, y con las fieras que en los montes se
guarecen y con las plumíferas liras que con alas por los aires bogan.»10
La doctrina de la transmigración de las almas enséñala Empédocles en su libro de las
Purificaciones. Llega incluso a declarar: «Pues yo he sido ya anteriormente muchacho
y muchacha, arbusto, pájaro y pez habitante del mar.»11 Apenas cabe decir, no
obstante, que esta doctrina se compagine con el sistema cosmológico de Empédocles,
puesto que, si todas las cosas están compuestas de partículas materiales, cuya
separación es la muerte, y si «la sangre que rodea el corazón es el pensamiento de los
hombres»12, no hay lugar a la inmortalidad. Pero Empédocles quizá no advirtiera la
contradicción existente entre sus teorías filosóficas y sus teorías religiosas. (Entre
estas últimas se cuentan algunas prescripciones de un sabor marcadamente
pitagórico, como aquella de: «¡Desgraciados, desgraciadísimos, no toquéis las
habas!»)13
Observa Aristóteles que Empédocles no distingue entre el pensamiento y la
percepción. Su teoría realista de la visión es reseñada por Teofrasto, y fue utilizada
por Platón en el Timeo14. En la percepción sensible, tiene lugar el encuentro entre un
elemento interior a nosotros y un elemento similar exterior a nosotros. De todas las
cosas están emanando constantemente unos efluvios, y cuando los poros de nuestros
órganos sensoriales tienen el tamaño conveniente, esos efluvios penetran por ellos y
se produce la percepción. En el caso de la visión, por ejemplo, llegan hasta los ojos
unos efluvios de las cosas; mientras tanto, por otro lado, el fuego procedente del
interior del ojo (el ojo está compuesto de fuego y de agua, separados estos elementos
entre sí por unas membranas provistas de poros pequeñísimos, que impiden el paso
del agua, pero permiten la salida del fuego), sale al encuentro del objeto. Los dos
factores reunidos producen la visión.
En conclusión, debemos quedarnos con la idea de que Empédocles trató de conciliar la
tesis de Parménides (de que el Ser no puede ni comenzar a ser ni extinguirse) con el
hecho evidente del cambio, para lo cual postuló unas partículas últimas de las que
constan los cuatro elementos, cuya mezcla forma los objetos concretos de este mundo,
y cuya separación constituye la ruina de esos objetos. Fracasó, sin embargo, en cuanto
a explicar cómo se produce el proceso cíclico material de la Naturaleza, para lo que
recurrió a las fuerzas mitológicas del Amor y del Odio. Le estaba reservado a
Anaxágoras introducir el concepto de Espíritu como causa original del proceso
cósmico.
EMPÉDOCLES DE AGRIGENTO
Published on Abril 16, 2008
in historia filosofia.
Tags: el ente, el pensamiento, filósofos griegos, sin embargo, surgir.










