LOS ATOMISTAS
El fundador de la escuela atomista fue Leucipo de Mileto. No han faltado quienes
sostuvieran que Leucipo nunca existió1, pero Aristóteles y Teofrasto hacen de él el
fundador de la filosofía atomista, y es duro suponer que se equivocaran. Imposible
fijar las fechas; pero Teofrasto asegura que Leucipo había sido miembro de la escuela
de Parménides, y en la Vida de Leucipo escrita por Diógenes Laercio se lee que fue
discípulo de Zenón (οῦτοςἤϰουσεΖήνωνος). Parece ser que el Gran Diakosmos,
incorporado posteriormente a las obras de Demócrito de Abdera, era en realidad obra
de Leucipo, y sin duda Burnet tiene toda la razón cuando compara el Corpus
democríteo con el Corpus hipocrático, haciendo notar que ni en uno ni en otro caso
podemos distinguir quiénes fueron los autores de los diversos tratados de que
constan2. La totalidad del Corpus es obra de una escuela, y hay pocas probabilidades
de que se llegue nunca a poder adjudicar cada obra a su autor respectivo. Así, pues, al
tratar de la filosofía atomista, no pretenderemos discernir entre lo que en ella fuese
obra de Leucipo y lo que se deba a Demócrito. Mas, como Demócrito pertenece a una
época bastante posterior y no es muy exacto históricamente clasificarle entre los
presocráticos, dejaremos para un capítulo ulterior su doctrina de la percepción
sensible, con la que trató de replicar a Protágoras, así como su teoría de la conducta
humana. Algunos historiadores de la filosofía se ocupan de las opiniones de Demócrito
sobre los citados puntos al estudiar la filosofía atomista en la parte dedicada a los
presocráticos; pero, dado que Demócrito es de fecha indudablemente posterior, parece
preferible seguir en esto a Burnet.
La filosofía atomista es, en realidad, el desarrollo lógico de la filosofía de Empédocles.
Éste había tratado de conciliar el principio parmenídeo de la negación del paso del ser
al no-ser, o viceversa, con el hecho evidente del cambio, y ello a base de postular
cuatro elementos que, mezclados unos con otros en distintas proporciones, forman los
objetos de nuestra experiencia. Sin embargo, de hecho no llevó hasta sus últimas
consecuencias su doctrina de las partículas, ni hasta su conclusión lógica la
explicación cuantitativa de las diferencias cualitativas. La filosofía de Empédocles fue
una etapa transitoria en la explicación de todas las diferencias cualitativas por una
yuxtaposición mecánica de partículas materiales que al agruparse constituirían
diversos modelos. Por lo demás, las fuerzas de Empédocles —el Amor y la Discordia—
eran unos poderes metafóricos, que debían ser eliminados de una filosofía mecanicista
consecuente. El paso final para completar el mecanicismo intentaron darlo los
atomistas.
Según Leucipo y Demócrito, hay un número infinito de unidades indivisibles, a las
que ellos dan el nombre de «átomos». Como estos átomos son demasiado pequeños, los
sentidos no los pueden percibir. Los átomos difieren en tamaño y en forma, pero no
tienen ninguna cualidad, excepto la de ser sólidos o impenetrables. Infinitos en
número, agítanse en el vacío. (Parménides había negado la realidad del espacio. Los
pitagóricos habían admitido un vacío para mantener separadas sus unidades últimas,
pero identificaban tal vacío con el aire atmosférico, el cual Empédocles hizo ver que es
corpóreo. Leucipo, por su parte, afirmó a la vez la irrealidad del espacio y su
existencia, entendiendo por «irrealidad» la incorporeidad. Expresaba su pensamiento
diciendo que «lo que no es» es tan real como «lo que es». Por tanto, el espacio o el vacío
no es corpóreo, pero es tan real como los cuerpos.) Más tarde, los epicúreos enseñaron
que los átomos se mueven todos hacia abajo en el seno del vacío por la fuerza de la
gravedad; para sentar esta doctrina les influyeron probablemente las nociones
aristotélicas del peso y la ligereza absolutos. (Aristóteles asegura que ninguno de sus
predecesores había concebido esta noción.) Ahora bien, Aecio dice expresamente que,
aunque Demócrito asignaba a los átomos tamaño y forma, no les asignaba, peso, pero
que Epicuro añadió lo del peso para poder explicar el movimiento de los átomos3.
Cicerón refiere lo mismo y declara también que, según Demócrito, no había ni
«arriba», ni «abajo», ni «en medio» en el seno del vacío4. Si esto era lo que Demócrito
sostenía efectivamente, está claro que en ello acertaba, pues no existen ni el abajo ni
el arriba absolutos; pero entonces, ¿cómo concebía el movimiento de los átomos?
Aristóteles, en el De Anima5 atribuye a Demócrito una comparación entre los
movimientos de los átomos del alma y los de las motas de polvo que se perciben en un
rayo de sol, las cuales danzan de acá para allá y en todas direcciones aunque no haya
ni un soplo de viento. Quizá también Demócrito concibiese de esta manera el
movimiento original de los átomos.
Sin embargo, sea cual fuere el modo como los átomos se desplazaran originariamente
en el vacío, hubo un instante en el que se produjeron choques entre ellos, y los que
tenían formas irregulares se trabaron los unos con los otros y formaron agrupaciones
de átomos. De esta suerte se origina el torbellino (Anaxágoras) y para cada mundo
empieza el proceso de su formación. Mientras que Anaxágoras pensaba que los
cuerpos más grandes serían lanzados lo más lejos del centro, Leucipo decía lo
contrario, creyendo, erróneamente, que en un torbellino de viento o de agua los
cuerpos mayores tienden hacia el centro. Otro efecto del movimiento en el vacío es el
de reunir los átomos de tamaños y formas semejantes, lo mismo que en el cedazo se
juntan los granos de mijo, trigo o cebada, o como las olas del mar van amontonando
las piedras largas junto a las largas y las redondas junto a las redondas. De esta
manera se formaron los cuatro «elementos»: el fuego, el aire, la tierra y el agua. Así,
de las colisiones entre los infinitos átomos que se agitan en el vacío origínanse
innumerables mundos.
Es importante advertir que ni las fuerzas de Empédocles —el Amor y la Discordia—,
ni el Nous de Anaxágoras aparecen en la filosofía atomista: evidentemente, Leucipo
no estimó necesaria la hipótesis de una fuerza motriz. Al comienzo existían los átomos
en el vacío, y esto era todo: de aquel comienzo derivó el mundo de nuestra experiencia,
sin que sea preciso suponer ningún Poder externo o Fuerza motriz que fuesen causa
del movimiento primordial. Por lo que parece, a los cosmólogos primitivos ni siquiera
se les ocurría que el movimiento necesitara una explicación, y en la filosofía atomista
el movimiento eterno de los átomos es considerado como autosuficiente. Leucipo habla
de todas las cosas como si sucediesen ἐϰ λόγου ϰαί ύπ‘ ἀνάγϰης,6 y esto, a primera
vista, tal vez no parezca compaginarse con su doctrina sobre el inexplicado
movimiento original de los átomos y sobre los choques entre ellos. No obstante, estos
choques se dan necesariamente, a causa de la configuración de los átomos y de lo
irregular de sus movimientos, mientras que el primer movimiento, considerado como
algo que se basta a sí mismo, no requiere ulterior explicación. A nosotros,
verdaderamente, quizá nos resulte extraño que a la vez que se niega el azar se afirme
un movimiento eterno sin explicación alguna —Aristóteles les reprocha a los
atomistas el no poner en claro de qué clase de movimiento se trata y cuál sea su
fuente—7; pero de todo esto no debemos concluir que Leucipo atribuyese el
movimiento de los átomos al azar: para él, ni la eternidad ni la continuidad del
movimiento requerían explicación alguna. A mi entender, la mente se resiste ante tal
teoría y no puede darse por satisfecha con la tesis definitiva de Leucipo; pero no deja
de ser un hecho histórico interesante que él se contentara con ella y no buscara algún
«Primer Motor Inmóvil».
Se ha de notar que los átomos de Leucipo y Demócrito son las mónadas de los
pitagóricos dotadas de las propiedades del Ser parmenídeo: en realidad, cada uno de
esos átomos viene a ser como el Uno de Parménides. Y por cuanto los elementos nacen
de las varias posiciones y combinaciones de los átomos, se les puede comparar con los
«números» pitagóricos, si es que a éstos ha de considerárseles como modelos o
«números figurados». Acaso sea éste el único sentido que tenga el dicho aristotélico de
que «Leucipo y Demócrito hacen de todas las cosas virtualmente números y de
números las derivan»8.
En los detalles de su concepción del mundo, fue Leucipo un tanto reaccionario, pues
rechazó la opinión pitagórica de la esfericidad de la tierra y volvió, como Anaxágoras,
a la tesis de Anaxímenes, según la cual la tierra es como un tambor de columna que
flota en el aire. Mas, aunque los detalles de la cosmología atomista no suponen
ningún progreso, Leucipo y Demócrito son dignos de nota por haber llevado hasta sus
conclusiones lógicas anteriores tendencias, ofreciendo una exposición y una
explicación puramente mecánicas de la realidad. El intento de dar una explicación
completa del mundo valiéndose de los términos del materialismo mecanicista, ha
tenido lugar nuevamente de una forma más elaborada, según todos sabemos, en la
era moderna, bajo el influjo de la ciencia física. Pero la brillante hipótesis de Leucipo
y Demócrito no fue, en modo alguno, la última palabra de la filosofía griega: otros
filósofos griegos comprenderían después que la riqueza del mundo en todas sus
esferas no puede reducirse al mero juego mecánico de los átomos.










